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Los maceteros

Los maceteros

Cuando vinimos a vivir a este piso, este verano hará doce años (¡buf!), me traje media docena de plantas de las Ramblas de Barcelona. Era una manera de mantener en mi nueva casa un trocito de lo que más me gustaba de la capital catalana, adonde nos habíamos marchado casi tres años antes, en principio para una estancia de sólo unos meses, aunque luego se alargó. Vivíamos muy cerca de las Ramblas, así que yo me las paseaba a menudo, prácticamente todos los días: mi parada de metro era "Liceo", justo al lado de la Boquería, pero a veces me bajaba en Plaza Cataluña sólo para recorrerlas andando. Queda bastante poco moderno decir que lo que más te gusta de Barna son las Ramblas, pero es que es así, qué le vamos a hacer.

En Zaragoza compré más plantas y tres maceteros: dos de cerámica, de los de colgar en la balconada, y uno muy grande, de suelo, con la idea de poner trepadoras. El piso es un entresuelo y tenemos una terrazota de éstas de planta baja al patio interior. No soy buena jardinera, a mi pesar, así que la mitad de las planticas, las más delicadas, se me iban muriendo sin remedio. Las de Barcelona, curiosamente, aguantaban.

En el macetero grande nunca llegaron a tomar las trepadoras ni los rosales, que también lo intenté. Cuando nació Joaquín, mi chico mayor, tuve la ilusión de plantar un limonero, vaya usted a saber por qué. Desde luego, no era por aquello de tener un hijo, plantar un árbol, etc.: hace muchos años, a mi padre le dio por poner frutales en la margin de la tabla que tiene en el Saso, en la Hijuela del Tañao, y mi hermano y yo estuvimos allí con él poniendo un cerezo, un par de melocotoneros, un albergero y hasta dos higueras. Pero el caso es que lo del limonero no llegué a hacerlo nunca, y eso que, con el crío en el capazo, y aprovechando los paseos de rigor que hay que darles a los bebés, me fui a un par de invernaderos a ver si me mercaba alguno. Pero nada, al final no me decidí, y fue que no.

Languidecían mis planticas en los maceteros de la terraza. Las que sobrevivían era por su propia fortaleza y por los cojones que tienen de suyo los ciclos naturales, que son asombrosos, pero no por mis cuidados. Todos los que yo podía dedicar a algo iban para mi crío, y luego, para mis críos, porque nació Julia.

Pobres plantas, pobres maceteros, pobre terraza. Abandonados vilmente a su suerte. Me daba una rabia... Yo no llegaba a todo; entre mis múltiples obligaciones, que todo eran obligaciones, no quedaba espacio para eso. Que no, que no llegaba. Si no hubiera sido porque aguantaban valientemente y por sus medios tres plantas de las seis que me traje de Barcelona, habría quitado los maceteros a hacer puñetas. ¿Qué hacían ahí, como una boca desdentada, como una muestra evidente de desidia?

Bueno, pues cumplieron su función un día.

Era junio. Julia tenía trece meses, la cuidaba una niñera, y Quinito había empezado a ir al cole el septiembre anterior. Yo había ido a recogerlo a las dos, después de comer (él), porque ya no había clases por la tarde. Cuando llegábamos a casa el chico y yo de la mano, vimos entrar en nuestro portal a la policía. Su coche estaba aparcado justo delante, en la acera. Cierto mosqueo. Entramos al patio y uno de los policías salía:

--¿Ha pasado algo?

--No, nada. Un vecino, que se ha caído al patio interior.

Instintivamente eché para atrás al niño, por si había algo horrible de ver:

--¿Queeeeeeé?

--No se asuste: se ha caído en la terraza de uno de los pisos.

Coño, en la mía.

Mi piso parecía el paseo Independencia en hora punta: de la terraza al rellano iban y venían a toda castaña la policía, los del Samur (o lo que fuere) y varios vecinos que, ya que estaba todo de par en par, se acercaban a ver lo que había pasado.

Lo que había pasado, según me explicaba alucinada la niñera, era que mi vecino de arriba, en bata y zapatillas, se había puesto a subir por mi terraza hasta su ventana porque había salido dejándose las llaves dentro, y pretendió entrar a su piso practicando la escalada. Cuando ya agarraba el alféizar de la ventana, se le fue una zapatilla a tomar viento y él se dio una hostia de preocupar.

Recuerdo la imagen del gotero colgado con una pinza del tendedor. Madre, qué susto. Paco, mi vecino, estaba consciente y respondía a las preguntas de los del Samur, que le encasquetaron un collarín y una camilla y se lo llevaron corriendo al hospital.

En el suelo de la terraza quedaron los maceteros hechos pedazos.

--Seguramente le han salvado la columna -me dijo uno de los policías, que se quedó para pedirme mis datos-. Se ha caído justo encima. Si no llega a ser por ellos, se habría dado el golpe contra el canto del balcón. Han hecho de amortiguador.

Recogí los trozos y barrí la tierra. Afortunadamente, Paco sólo se rompió un par de costillas. En el atabale del momento, las heroicas plantas barcelonesas también fueron a la basura. No volví a reponer los maceteros.

Sólo quedó el grandote del suelo, vacío como ya estaba. Cada primavera le nace un ailanto silvestre, que me alegra las mañanas de abril pero se agosta invariablemente cuando llega el verano. Esta mañana he salido a tender antes de ir a trabajar, con un destemple de la hostia, y me he quedado mirando la tierra llena de verdín. A sus pies pusieron el otro día los juguetes los Reyes, sobre las luces del árbol de navidad que, para alborozo de los críos, misteriosamente habían ido a parar allí.

En cuanto se pasen estos fríos, iremos a Barcelona y nos traeremos media docena de macetas de las Ramblas. Y en su tiempo, plantaré en el macetero grande dos limoneros. Los niños ya son grandes.

 

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10 comentarios

Luisa -

Ya sabes que soy filofilofilojardiny/oterraza. No tengo tiempo, no tengo tiempo y no sabes cómo me ha hecho pupi este post: ¡mis pobres plantas, a las que la primavea pasada no pude ni abonar!
La historia del limonero que aún no ha sidoes magnífica.La historia del vecino salvado por las macetas, también.
Yo tengo un valiente y sobrevivivente limonero en mi desapacible terraza orientada al cierzo. No sé ni cómo lo hace. De vez en cuando está a punto de morir. Pero hasta ahora siempre se ha repuesto. No así el pobre magnolio, que feneció el otoño pasado, aunque debido a un accidente: se partió el tubito de riego.No veas mi sentimiento de culpabilidad (¡no tengo tiempo para vigilar mis plantas!)
Besos, guapa.

irene -

PS: ami balcón lo llamo el matadero, nada sobrevive y hasta la sábila (aloe) cambió de especie: era de pencas gruesas y hermosas cuando llegó y se convirtó en una especie de rama delgaducha y salvaje que, finalmente, aceptó su destino y murió

irene -

Entré buscando tu correo y, como siempre, me quedé pegada. No sabes cómo añoro esos tres años, peor yo no puedo traerme plantas que me los recuerden. Pensé en ti, te busqué en facebook y no te encontré. Dame señas Mari, no sabes cómo la falta que me hacen, no sabes cómo lamento que Sebastián y Quinito no se conozcan. Lo sigo sintiendo cerquísima, así que bueno, espero y confío en el ciber espacio. Besos y apurruños para todos

Entrenomadas -

Voy a intentar hacer fotos de mis plantas. De algunas, mejor que no haga fotos, por si acaso...

La historia conforme la leía me recordaba a los cuentos sufíes de Nasrudin. Y aún más el final.

Un Indesuficuento de limoneros y caídas.

Final feliz para un viernes.


Kisses,

Marta

Vesania.- -

Ay!, hija, qué avatares por dios!, que susto me has dao!. Menis mal que no fue nada... pero seguro que le hubiera venido mejor al pobre hombre caer sobre un limonero que sobre el canto de un macetero... ay!
:-))
P.D. Yo soy de tener muchas plantas, y me encantan, y raramente se me mueren... con los críos no las tengo muy lozanas ahora, pero lo menos tengo una docena... ahora en invierno las tengo dentro del salón... ¡hasta los jazmines en enredadera!!!, parece la selva! jajajaja.
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Isabel -

En mi casa no sobrevive mas que el "poto" que me regaló mi tía hace años, y se le puede llamar superviviente... porque no le hacemos ni caso y ahí sigue viviendo y creciendo. Espero que "mi" Paco (el vecino, que todos tenemos un Paco siempre...;-)) no caiga encima nunca!!!! Pero todo está por algo, sino, mira tus maceteros!
Si los quieres, también te preparo chitos, que el "poto" los da estupendos!
Un beso.

laMima -

Mi santo, agricultor desterrado como sabes, tuvo uno en casa un tiempo pero no hubo manera: en una de estas heladas de enero se quedó como una borraja mustia.
También comenzó poniendo geranios trepadores y tal pero nada: se los meriendan unos gusanicos que tienen colonia en los árboles de la calle.
Pero oye, tengo a terraza "majisma" con un puñado de plantas valientes (medio cactus) que él se encarga de mantener, y preparar "chitos"...
No te quito la ilusión barcelonesa pero te vienes un día a casa y te coges alguno ¿vale?

harry Sonfór -

Si la hay, no la conozco, Inde. Sí sé que a los jardineros ingleses les gustan mucho los limoneros y, como allí tampoco hace un tiempo como para que peten los limoneros de alegría, lo que hacen es plantarlos en unos maceteros enormes con ruedas. Que hace sol, macetero pa fuera, que hace frío, macetero pa dentro. Igual es lo que debería hacer algún día. Luego, es plantar un limonero y todo dios te dice cosas. A saber una de ellas: que debe tener siempre al menos un limón, que si se queda sin limones ya no da fruto. El mío tenía tres limones. Dos se cayeron y quedaba uno, que miraba todos los días y le daba todo mi apoyo. Pues llegó una niña pequeña y, oiga, lo vi a cámara lenta, la mano de la niña que se acercaba al limón, lo cogía, lo arrancaba... Hasta el crujido oí desde lo lejos. Bien, pues ya no hay limones. Que yo le digo que no creo en eso, que para mí que tiene poca base científica, pero oiga, que ya no da limones.

Inde -

Coño, es verdad: la pinza... Mañana mismo pongo una reclamación.

Una cosa: ¿hay variedades de limonero filo-nieblas?

harry Sonfór -

¿Y le devolvieron la pinza los del Samur o no le devolvieron la pinza? Que los del Samur son muy de cogerte una pinza para el gotero o un boli Bic para practicar una traqueotomía y luego si te he visto no me acuerdo.
Yo tengo un limonero que no va ni pa lante ni pa trás. Está ahí quieto desde hace ya casi dos años. Que dice que no le gusta este clima. Toma, ni a mí, pero eso no es razón.
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