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Adiós, Nuestro Señor...

De los dos niños que se ven a la derecha de la foto, la de blanco fui yo y el de pantalón corto, mi primo Miguelito. Reñíamos por coger agua de un cántaro de zinc. En primer término, mi abuela Julia limpiaba los candeleros. Al fondo, mi tío Antonio, que vivía en Barcelona. La otra no sé quién es; mi madre trató de explicármelo mil veces y yo no caía. Le decía que sí, pero era que no. Sólo sé que se llamaba Maricarmen.

Es la primera foto que tengo en el Sepuclo. La "Hermita del Santo Sepulcro", como pone en un azulejo sobre el arco central de la fachada.

Hace mucho escribí un relatillo sobre lo que el Sepuclo significaba para mí. Mariano Gistaín lo colgó en "10lineas.com" y me lo alabó mucho, pese a que no era gran cosa. Lo saco a relucir aquí porque no sé de qué otra manera puedo volver a contar lo mismo, resumido. Es una ermita que siempre han cuidado las mujeres de mi familia, una especie de herencia que pasaba de madres a hijas y que, hasta donde yo sé, nunca tuvo un especial problema para la adjudicación de la santera titular cuando había varias que pudieran serlo. De mi bisabuela Constantina pasó a mi abuela Julia, que era la mayor; pero de mi abuela pasó a mi madre, que era la pequeña de tres hermanas. Las mayores colaboraban en todo, pero era mi madre la que todo el pueblo tenía por santera. La hija de la Julia la Cruzas, la que se casó con Babil el Esquilador. La Catalina.

"Me sé el camino que lleva al Sepulcro, y los barrancos y explanadas que lo rodean, desde antes de saber andar: recuerdo haber subido allí desde siempre. He corrido y he jugado en ese lugar incontables veces, me he peleado con mi hermano y he cazado renacuajos con él en los balsetes, para meterlos en botes de cristal y asustar a las niñas de la clase; me he perdido por los barrancos y me han zurrado por perderme (nunca entenderé por qué los padres te pegan cuando se asustan); me he caído mil veces y otras tantas curó mi abuela los restregones de mis codos y rodillas con aceite de la lámpara que --hasta que la robaron-- pendía del techo frente al altar…"

Así contaba en aquel relato, "Santeras", mi historieta infantil con ese lugar. Me sorprende ahora el tiempo verbal empleado, que suena tan cercano: hoy lo escribiría en una especie de pasado indefinido. El final de aquella historia también cambiaría mucho: entonces me sentía santera. Hoy ya no.

Cuando mi madre enfermó y no pudo subir al "día grande" del Sepuclo, que es el de Jueves Santo con su noche entera incluida, quise ocupar su lugar. Quise sentarme en el sillón en el que ella se sentaba, durante toda la noche, para hacer como que ella seguía allí, como si fuera una ausencia temporal cuando sabíamos claramente que sería definitiva. También había muerto aquel año mi tía Manuela, la mayor de las hermanas (que, por cierto, se murió precisamente allí), y sentía como la necesidad de hacer ver que no había quedado demasiado hueco. Para entonces, la santera de hecho era ya mi prima Carmen: ella vive en el pueblo, quiere a ese lugar como la que más y es creyente. Yo vivo en Zaragoza y soy atea. La tradicional selección espontánea entre las posibles santeras se había producido ya y era evidente desde hacía años. También había un "co-santero", mi primo Javi Martujo, que es primo lejano pero que también ha estado siempre vinculado a esa ermita de manera muy especial y que, más que creyente, que lo es, lo que lo distingue es su especial dedicación a cosas de iglesia, santos y ritos tradicionales.

Pese a todo, aquella noche quise ocupar el lugar de mi madre; y los santeros de facto me dejaron hacer.

Me sentí fatal: en lo único que se notaba que yo estaba allí era en que la gente me pagaba a mí las velas que la gente ponía, con lo cual casi daba la sensación de que lo que yo había querido era controlar las pelas que esa noche se recaudan. No creo que ni mi prima, que es un cielo, ni Javi, que es otro, lo pensaran así. Pero a mí me dio esa sensación, y me prometí no volver a hacer tonterías.

Nacieron mis hijos y se espaciaron las visitas. Desde que murió mi madre no he tenido arrestos para volver a subir. Mi hija no conoce la ermita. A los ojos de todos, ese lugar ya me es ajeno.

Pero para mí no lo es. Amo ese lugar, lo pienso a menudo y sueño con él.

De camino a comprar chuches con mis hijos, esta tarde en el pueblo, una foto en un escaparate, medio tapada por un cartel, me ha llamado la atención:

Yo no sabía nada. He llamado a mi prima Carmen y me ha dicho, con la naturalidad con la que se explica algo natural, que sí, que en efecto: que, como hace ya varios años, sortean un mantón porque daba mejor resultado que sortear una imagen de la Virgen, que es algo que han hecho otras veces.

Antes de venirme de vuelta a Zaragoza, he pasado por su casa y me he cogido seis números. Doce euros. Como un vecino más del pueblo. Igual me toca el mantón.

He conducido los 42 km que separan mi pueblo (¿mi pueblo?) de mi casa (mi casa) recordando cómo se vivió siempre en mi casa (¿mi casa?) la necesidad periódica de recaudar dinero para costear los arreglos que, de tanto en tanto, precisaba la ermita: pintar, arreglar el tejado, colocar un contrafuerte... Era noche cerrada, a tramos había niebla y mis dos hijos iban dormidos en el asiento de atrás, de modo que las lágrimas me las he tenido que tragar.

Mi bisabuela, la Constantina, en el centro; a la derecha, mi madre. Al fondo, la ermita.

Mi bisabuela, rezando hacia el Santuario.

En el centro, mi madre (con mantilla) sujetando a mi hermano. Detrás, mi abuela Julia. A su lado, con toca, mi bisabuela.

Mi bisabuela Constan solía decir, cada vez que cerraba la ermita con su enorme llavón y mientras se santiguaba:

Adiós, Nuestro Señor,
de vuestra casa me voy:
guíame por buen camino
y échame la bendición;
y si esta noche me muero,
me sirva de confesión.

 

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14 comentarios

jordan shoes -

El reloj de arena recuerda el momento en que perdió!

louis vuitton outlet -

Sur la voie de la réussite, il y a un moment pour tout qu’il n’y a pas, de rechercher les louanges dépositaires.

Inde -

Anónimo paisano mío, ¿pero a quién te crees que me refiero cuando digo lo de "el cura que se ve hacia la derecha, con sotana y gafas y gesto de Napoleón bien alimentado"? ¡Pues a nuestro mosén Francisco, por supuesto!

(Qué bueno, cuánto hacía que no me acordaba de ese "pero hombre, pero hombre, pero hombre"...) :)

Anónimo -

hola inde , y la foto de mosen francisco que? las hisotias que se podian contar (pero hombre , pero hombre pero hombre )

Fernando -

La foto que comentáis me recordó instantáneamente a lo que vi cuando estuve hace bien pocos años en San Juan Chamula. (http://es.wikipedia.org/wiki/Chamula) Algo que me pareció ancestral y extemporáneo, como que hacía siglos que las cosas en mi tierra habían dejado de ser así... y fíjate, no hace tanto.

Entrenomadas -

Pues yo opino que no, que de Sica no, pero es calcadita a uno de esos programas de antropología que dirigió tan maravillosamente bien para la televisión mi adorado Roberto Rosellini.
Joer, no podía dejar de decirlo. Es que esta noche me he acordado.
Vamos que ve esto el Rosellini y te ficha.


Inde -

Gracias a todos. Con vuestros comentarios he podido deshacer el bolo que se me había hecho, y ha me he desahogao y me he sonao los mocos. Snifs. Ay, los mundos perdidos, qué jodidos que son...

Juan, yo siempre he dicho que esa foto de mi "bisa" con los brazos en alto hacia el Santuario podía haber sido un fotograma de cualquier peli del neorrealismo italiano; Joaquín sugiere Vittorio de Sica, pero casi vale cualquier otro. Porque no es sólo el ademán de la Constan, son las mujeres que la acompañan: la del paraguas, la de la mantilla, la niña... Retrata un país antiguo, y no tiene ni medio siglo.

Yo prefiero, sin embargo, la última, donde aparece la saga de santeras que yo conocí, y más detalles y más gentes que me dicen muchas cosas... Uno de ellos, el cura que se ve hacia la derecha, con sotana y gafas y gesto de Napoleón bien alimentado. Ese hombre es una figura especial, con una historia muy peculiar que algún día tengo que animarme a contar...
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Luisa -

Se me ha quedado el alma (o lo que tenga dentro) encogida, encogida, de verdad que te lo digo. En serio, es una pasada lo que cuentas y cómo lo cuentas, Mari. Y me ha entrado una envidia de esas que no sabes explicar: porque yo no tengo esas raíces, para nada.
Y un montón de gracias por compartir las fotos, tan personales. Son una maravilla.
Un abrazo y muchos besos.

Entrenomadas -

Preciosa historia!!!
Me ha encantado. Ya he dicho alguna vez que soy de Zaragoza, pero, por suerte, mis vecinos me llevaban a su pueblo para las fiestas. Al leer tu relato he recordado que un día me perdí y acabe refugiada en la ermita del pueblo. Muchas horas allí escondida.
Por eso las historias de ermitas tienen algo especial para mí.
Y la tuya, acompañada de ese material fotográfico es de las buenas

kisses,


M

laMima -

No tengo palabras corazón.
En las tuyas te leo por dentro y sé tan bien como sientes lo escrito que se me arrasan los ojos .....
Un abrazo inmenso querida mía.
PD Las fotos, como te dice Juan, son inigualables.

Marga -

Que bonita historia Mari. Que me has emocionado. Precioso. Un beso

mamen -

Uf, qué de recuerdos...
Me he emocionado al ver a tu abuela "La sra Julia de los diarios", era un encanto. Aun la oigo: ¿Qué haces pues, amante?.
Siento no reconocer a la Mª Carmen de la foto, de la última, creo que como mucho viven todavía cuatro o cinco personas.
Gracias por los recuerdos y por las fotos. Y decídete a subir algún ratico por el "Sepulclo", aunque te cueste, seguro que habrá merecido la pena ese esfuerzo emocional.
Besicos.

Juan -

Qué historia más bien contada Mari, qué historia... y las fotos son pura arqueología sentimental. La de tu bisabuela rezando es maravillosa, bien podría ser de Eugene Smith en Deleitosa. Sobrecoge.

Harry Sonfór -

Oiga, Inde, que mire que no soy yo muy de ermitas pero que después de leerle todo lo que ha puesto tan bonito estoy por hacerme santero.
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