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Fe y desesperanza a un tiempo

Llevo año y medio largo trabajando para la Fundación Nueva Cultura del Agua en un proyecto hermoso y durísimo a la vez: se llama "Agua, ríos y pueblos" y se trata de montar una exposición fotográfica (básicamente; aunque también consta de una parte importante realizada en vídeo, y de un denso trabajo de documentación) sobre una veintena de historias, en otros tantos países, que ilustran sobre los graves problemas que, en relación con el agua, se viven en el mundo. Siempre, desde el punto de vista de las consecuencias que esos problemas tienen sobre las personas. Son denuncias de situaciones, aunque también hay algunos casos que narran cómo se ha conseguido parar un atropello, frenar a tiempo lo que podría haber sido un drama, o desandar lo andado, cuando se consiguió hacer ver que era positivo hacerlo.

Nació antes de la Expo, se incardinó con la Expo en un momento determinado y será una realidad pocos meses después de que la Expo acabe.

Dentro de poco terminará mi participación en el proyecto. Estoy acabando de hacer mi parte, tengo una pausa de tres semanas de vacaciones y me encuentro, un poco sin querer, haciendo balance. Es prematuro hacerlo, en cierto sentido, porque todo esto tardará aún en materializarse; pero no pretendo hacer balance del proyecto en sí ni de sus frutos, sino sólo de lo que todo este tiempo ha significado para mí.

Un aprendizaje intenso, eso es lo que ha sido. Una especie de "master" en cosas muy diversas, más que únicamente en aguas.

Ha sido duro, sí. Y no sólo por los problemas que ha acarreado el hecho mismo de "mover" una historia de semejante envergadura, que a mí me han podido en más de una ocasión porque me achanto con cierta facilidad; ni tampoco por la compleja relación que este proyecto ha tenido con El Faro, que me descuajeringó tanto que me hizo marcharme de todo aquello a mediados de marzo (quien siga este blog supongo que lo recordará). Ha sido duro, sobre todo, porque los temas que se tratan, de los que me he empapado hasta la médula porque mi trabajo ha consistido en documentarlos, son verdaderamente dramáticos. Algunos, absolutamente trágicos. Conocer un poco en profundidad esas historias me hacía polvo; me llegaba a hacer perder la fe en el género humano, casi. Y no podía mirarlos con distancia: me calaban hasta el tuétano.

Sin embargo, hay dos cosas que me han ido manteniendo en equilibrio, aunque fuera precario, durante todo este tiempo y que, finalmente, me han aportado mucho (sospecho que más de lo que ahora mismo soy capaz de valorar): una, conocer casos "positivos", ésos que decía antes que han resultado exitosos y en los que te dabas cuenta de que la lucha sostenida por defender cosas que son justas, cosas tan básicas e importantes como la dignidad de las personas, el trato justo con los afectados o la defensa de los medios de vida de la gente (a menudo, un río y la tierra que de él depende), ha dado fruto y ha salido bien. La otra, la de más calado, ha sido conocer a la gente implicada en algunas de esas historias, cuyas entereza, humanidad, generosidad y coraje me han dejado con la boca abierta, pasmarote de mí.

Entre esa gente implicada que digo he de contar a buena parte de los fotógrafos que se han encargado de realizar los reportajes. Qué maravilla, qué sorpresa, qué privilegio de personas. Han entregado trabajos de quitarse el sombrero. No sólo por haber sabido plasmar historias a veces dificilísimas de contar, de puro complejas, y donde a veces las cosas no son evidentes para una cámara sin más. Detrás de esa cámara, a menudo y por fortuna, ha habido unos ojos inmensamente humanos, tremendamente receptivos y simplemente artistas. Me impresiona mucho, mucho, ver esas historias contadas a través de la belleza, de una belleza que no esperas y que casi no concibes.

Radek Skrivanek, Eirik Linder y Francesca Casciarri, Karen Robinson, Conchita Guerra, Dieter Telemans, Christian Kaiser, Malú Cabellos, Pierre Montavon, Linda Butler, Mónica Giménez, Aldo Cardoso, Argeo Ameztoy, Roberto Bear Guerra, Cedric Faimali... o Tove Heiskel, mi querida compañera en todo este barullo, me devolvían la fe que por otro lado iba perdiendo. Esa gente impresionante, magnífica, daba lo mejor de sí, al mismo nivel que la gente que lucha y frente a la legión oscura de gente -también es gente- que provoca el daño.

Como todo este proyecto, en lo que toca a las fotografías, lleva un lío tremendo en cuestión de derechos, no me arriesgo a incluir aquí ninguna de las fotos de los casos que lo integran, aunque es lo que me apetece y lo que correspondería. Os dejo, sin embargo, la imagen de uno de los fotógrafos citados, Dieter Telemans, que me tiene encandilada. No tiene nada que ver con esta historia ni con las aguas (y puede ser que incluso lo agradezcáis, dada la supersaturación que llevamos ultimamente con todo lo acuático merced a la Expo), pero me parece que ilustra bien lo que dice el título del post acerca de la "fe y desesperanza a un tiempo".

Está tomada en Belfast en 1996:

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3 comentarios

cris monge -

La foto preciosa y tu post también.... sobre todo por las cosas positivas aprendidas, no?. Muack!
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José Luis -

Vaya foto tan...¿terrible?

laMima -

Juraría que ya había dejado aquí un comentario...bueno, no importa.
Venía a decir que la empatía es peligrosa, ya sabes. Y que es un lujo tenerte cerca, entre otras cosas, por todo lo que nos puedes enseñar acerca de todo esto que se nos esconde.
Es bueno saber que, alguna vez, triunfa la justicia y el sentido común. También hemos de saberlo.
Esa foto es una delicia...
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