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Veinticinco libros como veinticinco soles

Esta tarde, a las 19:30, se presenta en el Instituto Goya el libro nuevo –que hace el vigésimo quinto– de Ángeles de Irisarri:

Yo ya lo tengo, el libro, jeje. Me lo empecé a leer ayer y ya estoy metida en la historia. Ya llevo los personajes y sus aventuras en la cabeza, acompañándome hasta cuando dejo la lectura (cosa fantástica, porque así es como si leyeras más rato).

Soy fan de esta autora por tres motivos: porque escribe estupendamente, porque me gustan las historias de aventuras y porque le tengo a ella mucho cariño. Esto último creo que es compartido. Ángeles se comporta conmigo de una manera como muy maternal y no sé si se hace una idea de lo que se lo agradezco, así que lo digo aquí para que se la haga. El viernes estuve con ella para hablar de sus libros, y más en concreto de este último; lo que me contó es lo que os cuento yo ahora a mi vez, seguidamente, aunque lo transcribo a modo de monólogo y no de entrevista porque me gusta más así, dejándola hablar sin interferencias.

Pero antes quiero recordaros que la cita con La Artillera es, insisto, esta tarde a las 19:30 en el Instituto Goya.

No os perdáis el libro, hacedme caso.

Yo empecé a escribir muy pronto, cuando hacía segundo de Bachiller… no, no: en tercero. Tenía doce años.  En vez de estudiar matemáticas me dedicaba a hacer novelas. Y es que siempre me había gustado mucho leer. Entonces el divertimento que había para las gentes era menor, el ocio te lo tenías que buscar tú. Así que yo jugaba, por un poner, a ir a la selva a cazar, porque me había leído un libro de Salgari que se llamaba Los misterios de la selva...

Me gustaron muchísimo todas las novelas de Salgari, me descubrieron el mundo de los piratas, por ejemplo. Mira, cuando escribí América, el lenguaje marinero que hay en ese libro era todo de Salgari: que si virar de borda, que si el sotavento, que si orza de banda, que si navegar al pairo. Eso era el Salgari que llevaba yo en la cabeza, aquellas novelas de piratas, de Morgan y de los corsarios, que eran preciosas.

Porque además éstos, aparte de ser piratas, eran unos caballeros auténticos, ¿eh? Y se enamoraban, aunque las protagonistas solían ser tontas, al igual que en las películas de entonces; las mujeres que salían eran tontas y a mí me ponían nerviosa ya de niña.

Cuando me suspendieron en PREU volví a escribir otra novela, 200 páginas escritas con letra gorda, que a ver si las tiro esas cosas, porque luego… Ésta iba de una mujer que corría en las 24 horas de Le Mans, porque a mí me hubiera gustado ser piloto de aquella carrera.

En casa me animaban, les gustaba que hiciera novelas y que escribiera, ya lo creo. En mi casa había libros y gente culta, que eso hace mucho; y te regalaban libros, y había buena biblioteca… También, por supuesto, tuve una maestra de literatura, una monja, que era magnífica: la madre Celina. Le gustaba que nos aprendiéramos versos, romances… Uf, yo romances… te podría recitar casi el romancero entero. El primero que recité fue el de “Helo, helo por do viene”, que aún lo recito a veces por mi casa, cuando estoy sola.

Me metí a leer los clásicos. Cuando me suspendieron en cuarto y reválida, en aquel verano me leí el Quijote entero y me encantó. También es que había un afán entre las compañeras, de si has leído a tal o has leído a cual. Y una te prestaba un libro de poemas de Góngora, otra te pasaba un librito de Quevedo, en fin, nos pasábamos libros entre las amigas. Ahora eso no sería posible, me parece.

Pero entonces sí, o al menos yo tenía la suerte de que sí. Y tenía facilidad para escribir, claro. Aunque vamos, yo, ser escritora claro que quería serlo, pero ni me planteaba el publicar un libro; una cosa era eso y otra publicar un libro, que vamos, que eso no… que no me lo planteaba, vaya. No se me pasó por la cabeza hasta que volví a escribir ya de mayor, con treinta y muchos años. Había abandonado aquella afición después de la novela de PREU. Luego escribí diarios íntimos durante bastantes años, pero llegó un momento en que no tenía nada que escribir en aquellos diarios, nada, se me quedaban las hojas en blanco. Me aburrió y lo abandoné. Para entonces ya estaba casada y tenía dos niños, lo cual vino a sumarse a la vorágine que vivía trabajando fuera de casa, en la empresa familiar, y con una crisis doméstica permanente porque se me iban las interinas casi antes de que vinieran…

Lo que no hice nunca fue dejar de leer, siempre seguí leyendo muchísimo; tampoco abandoné la historia, que era otra de mis pasiones. Y un día, en el año 82, después de leer Mazurca para dos muertos, que no me gustó nada, con perdón, me dije “bueno, pues si publican esto, mal ha de ser que escriba yo una novela y no me la publique nadie…” En fin, pues a Cela le dieron el Premio Nobel dos años más tarde, y a mí tardaron en publicarme la primera novela, en una pequeña editorial de Pamplona, nueve años.

A todo esto, desesperada, porque yo soy muy exagerada, venga a llamar a puertas y en todas que no, que no, que no. Y escribí lo menos cinco novelas de tipo actual, vaya, actual de entonces, fíjate tú, de los años ochenta y tantos; hasta que me dije bueno, se ha terminado, tú eres de historia, pues vas a escribir una novela histórica a ver si tienes más suerte. Y en efecto.

La primera novela fue la de la reina Toda, El viaje de la reina; después vino El estrellero… Y ahora ya ves, este libro es el vigésimo quinto y estoy ya completamente encasillada en novela histórica. Porque si escribo una cosa que no es histórica, como el Te lo digo por escrito, pues va y a Marisancho no le gusta [y ríe, porque antes le he dicho que lo tengo sin leer porque lo empecé y no me enganchó].

La lucha continúa, la lucha continúa: esto es una lucha. Yo no estoy consagrada, esa palabra no me gusta. Me va un poco mejor, nada más. No creas que es tan difícil publicar, y más ahora. Cuando yo quise publicar aquella primera novela, las editoriales no necesitaban autores para nada. Había unas cuantas, pequeñas editoriales casi no había, y las grandes no necesitaban autores porque los que tenían seguían produciendo. Era mucho más difícil que ahora, que hay peste de editoriales, lo mismo grandes que pequeñas, y peste de autores, que yo creo que lo tienen más fácil.

De “consagrarse”, nada. Esas palabras no caben en mi vocabulario. Yo soy una luchadora y en cada novela quiero más. Ya sé que el género histórico tiene muchos detractores, que para algunos la novela histórica es, poco menos, un subgénero despreciable y asqueroso. Buf. Que hay críticos… madre mía. Sin embargo, en lo que respecta al interés de los argumentos… pues hay gente que escribe de su vida, o de un trío que se va a la cama, y ¿qué interés tiene eso? Pues el mismo que puede tener otro argumento que se desarrolla en una novela histórica, ¿no? Yo pienso que las novelas lo que tienen que hacer es contar, contar, una novela es un cuento grande.

Hacer una novela histórica, digan lo que digan, lleva más trabajo que hacer una de ahora de cuatro o seis personajes, mucho más; y mover a semejantes masas que suelo meter yo en las novelas tiene sus dificultades, aunque indudablemente el oficio que se tiene hace mucho. Aunque no estoy hablando de tener una técnica. Yo no tengo técnica, cada novela es de una manera, y gracias a dios no me repito, que hay muchos que se repiten. Y en esto es que hay mucha gente metida a hacer novela histórica que no tiene ni idea, ni de historia ni de novelas. También hay quienes saben mucho de historia pero no tienen habilidad literaria, no saben componer un relato. Para eso, es preferible leerte los libros de historia, que hay estudiosos que la escriben muy amenamente.

Ahora estoy muy contenta con La Artillera. Me lo he pasado, la verdad, muy bien con esta historia. Me ha quedado muy bonita, se lee muy bien.

La Artillera cuenta el día a día de diez mujeres en el periodo que va del 24 de mayo de 1808, día en que los ciudadanos declaran la guerra al emperador de los franceses, y el 21 de febrero de 1809, día de la capitulación de Zaragoza. Es el día a día, no la vida cotidiana porque una guerra no es la vida cotidiana. Las protagonistas son siete mujeres reales, que son las heroínas de Los Sitios, y tres imaginarias: las imaginarias son una hermana que le he puesto a Agustina de Aragón y dos fulanas que tienen un burdel en una torre en el Arrabal; y las siete reales son la madre Rafols, la condesa de Bureta, Casta Álvarez, Agustina de Aragón, María Lostal, Manuela Sancho y María Agustín.

El día del alzamiento, se da pregón de que la ciudad de Zaragoza declara la guerra a Napoleón y estas diez mujeres coinciden en la plaza del mercado oyéndolo; están todas juntas, pero unas abajo, en la calle, y otras en el balcón de la condesa de Bureta, que estaba donde está el antiguo Sepu. Unas arriba y otras abajo, respirando el mismo aire, las de abajo tomándose un refresco en el puesto de la tía Paca… va a ser la única vez que van a estar todas juntas a lo largo de las más de 500 páginas que tiene la novela, que lo que cuenta es lo que les va pasando a cada una: cada una hace su hazaña. También hay hombres, naturalmente, todos los que “tienen calle” también salen, ¿eh? Pero las protagonistas son las mujeres.

Reconozco que yo novela histórica no leo porque por lo general me pongo de muy mala uva. Por ejemplo, no me he leído La catedral del mar porque me niego a leer una historia donde no se numeran los reyes de Aragón como es debido. De Ken Follet… bueno, el libro ese no me pareció buena literatura pero la historia me agarró; claro que entonces yo aún no era novelista, y era mucho más benévola con lo que leía que ahora, que a veces releo libros que me habían entusiasmado y me encuentro con que ya no me gustan… O sea, que soy cada vez más chinche y más exigente.

Mi autor favorito es García Márquez, sin lugar a dudas. De aquí ya no es que tenga autores favoritos, sino que me gustan libros de algunos autores, como Álvaro Pombo. El último de Reverte, por ejemplo, es insufrible, un auténtico listín de teléfonos, nada más que nombres y nombres, y venga nombres y nombres. En cuanto a los autores de aquí-aquí, o sea, de Aragón, me gusta Antón Castro, que escribe muy bien; algunos libros de Félix Romeo, como uno que cuenta una historia de cuando era niño, ése me gustó mucho; y de Ismael Grasa, también uno que hizo sobre una historia de cuando niño, me gustó. De Lorenzo Mediano me gusta el que hizo sobre Filipinas… Y aunque hay muchos otros que mejor no nombrarlos, creo sinceramente que estamos en un buen momento de la literatura aragonesa, digamos que vivimos una “edad de platilla”.

Sonríe, traviesa, y le da una larga calada al More. Damos por concluida la entrevista porque cada una tiene que volver a su quehacer. Me da el libro y dos besos, me pregunta por los niños, nos despedimos y, finalmente, me dice:

“Ten cuidado con la bici que me dan mucho miedo los coches. Como no te lo puede decir tu madre te lo digo yo”.

Me voy por el Paseo Independencia pedaleando tranquilamente, disfrutando del sol de la tarde y fumándome un More de los suyos, mientras pienso en lo bueno que sabe volver a ejercer de vez en cuando el papel de hija, olvidado de sopetón cuando pasas a ser madre. Y en lo grato que es leer, y escribir, charlar con los amigos e intercambiar fogonazos de cariño.


Ah, y os voy a dar una primicia
(ayyyyy, cómo me gusta decir esto: más que al Heraldo):
Ángeles de Irisarri ha abierto un blog,
aunque todavía lo tiene en pruebas, jejeje.
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5 comentarios

mamen -

Gracias por esta primicia, me ha encantado el monólogo. Es que esta mujer parece que escribe para que nos divertamos. Me leí de un tirón los tres libros sobre la Reina Isabel, sin embargo otro ¿era Romance de ciego? no lo acabé. Y es que -creo yo- no se pude hacer un paquete, un junto que dicen en mi pueblo y decir que todo es bueno o malo, me pasa lo mismo con García Marquez, con Perez Reverte, etc, etc.
Y siendo una experta en novela histórica y escritores aragoneses, ¿dónde se deja a Luisa Miñana?. Para mí, su Pan de Oro es un pequeño gran libro. Pero ya estamos otra vez con los gustos de cada cual... y lo principal es que el personal lea.
Me alegra verte con ánimo, verás como todo "va indo".
Saluditos cariñosos.

laMima -

Después de leer ese "monólogo" va a ser imprescindible conocer la literatura de esta mujer (y perdón mil un millón por no haberlo hecho antes. Eso tienen de bueno los libros: siempre hay tiempo de descubrirlos).
Además coincido con ella en el gusto inmenso por García Marquez.
Besos y gracias por la recomendación.
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Inde -

¿el moro, te refieres, u cuálo?

...................... -

¿por la calzada?.

Carlos Mata -

No creo que pasen muchos días antes de que yo también lo tenga...


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