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Un poco de cordura

El post de hoy va dedicado a todo el revuelo que se ha organizado en los últimos días sobre Yesa. La sustancia de lo que se dice viene a ser ésta: a mi entender, el “retraso” que la prensa ha anunciado que van a sufrir las obras de recrecimiento de la presa no se debe, en realidad, al asunto de las grietas abiertas en los últimos tiempos, sino a una motivación más profunda, que es la necesidad de hacer las cosas conforme a la ley, vulnerada ya con insistencia en todo lo que respecta a la tramitación del proyecto desde hace más de una década, y que lo sería nuevamente de seguir adelante con el proyecto tal y como está.

Me ha salido larguísimo. De modo que, como sé que hay mucha gente hasta el gorro de este asunto, lo aviso. Los interesados necesitarán un cuartito de hora para leérselo; los que no, saludos y hasta otro post más “ligero”. Apa.

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El 5 de octubre de 1948, el geólogo italiano Giorgio dal Piaz confesaba en una carta al ingeniero Carlo Semenza, proyectista de la presa de Vajont, que a la hora de firmar los informes relativos a la idoneidad de su construcción la evidencia de algunos problemas le había hecho "temblar las venas y el pulso". Sin embargo, firmó. E hizo lo mismo años después, cuando el proyecto cambió de dimensiones y se decidió recrecer la presa. La obra, por tanto, se hizo, con los resultados que todos conocemos.

En el caso de Yesa, a alguien del Ministerio de Medio Ambiente, de alguna de sus direcciones generales, de algún departamento o alguna subsecretaría, también le ha debido de temblar el pulso a la hora de firmar el documento que diera luz verde directa al recrecimiento de la presa, y responsabilizarse de todo ese fregado. Pero a él, a diferencia de lo ocurrido con Dal Piaz, el temblor le ha impedido firmar y debemos alegrarnos de ello. Todos: afectados, opositores a la presa, defensores de la misma y ciudadanos indiferentes sobre el particular. Porque eso ha demostrado que aún quedan atisbos de cordura en los entresijos de nuestra Administración.

El revuelo que se ha organizado estos últimos días con las declaraciones de Palop, sobre la decisión del Ministerio de sacar a concurso un reformado del proyecto que contemple aspectos de tanta trascendencia como (y cito del Heraldo) "la reducción de la cota del embalse, la aplicación de tratamientos de impermeabilización en los estribos de la presa y el proyecto de dique de cola del embalse en Sigüés", no ha ido, a mi modesto entender, al fondo del asunto, ni mucho menos. Se han dedicado a soliviantarse todos por el "nuevo retraso" o incluso "la paralización" de las obras del recrecimiento.

También a airear el cabreo de los regantes, que afirman (y no son los primeros) que los afectados se dedicaban a “difundir fotografías de simas y problemas de estabilidad” cuando creían que el Consejo de Ministros iba a dar vía libre al proyecto.

No nos engañemos. Con ser importante, porque es una muestra palpable del riesgo que entraña esa obra, el problema no radica sólo en las grietas que se han abierto en los últimos meses (o años; que en el 2004 ya las hubo); son relativamente pequeñas y el deslizamiento que se detecta en la ladera izquierda del embalse es lento. Pero han sido provocadas por los primeros movimientos de tierras, por las primeras operaciones puestas en marcha para esa gigantesca obra. Y están al ladito justo del estribo izquierdo de la presa. ¿Qué ocurrirá cuando las obras avancen, cuando se alce el tremendo volumen de material que será la nueva presa recrecida y, sobre todo, cuando las laderas tengan que soportar la presión de un volumen de agua que triplica el actual? ¿Qué ocurrirá cuando toda esa agua llene y vacíe el embalse periódica, estacionalmente?

Es un peligro no bien estudiado, digan lo que dijeron los políticos y los técnicos de la CHE, con aire triunfalista, tras la celebración de las Jornadas de Estabilidad de Laderas en Embalses, ya comentadas en este blog. Las conclusiones que se proclamaron al finalizar las Jornadas, en el sentido de que no existía riesgo alguno de daño para las poblaciones ni para los bienes materiales con el recrecimiento, no se extraen de lo que dicen las actas de esas Jornadas. Los estudios verdaderamente técnicos referidos en concreto a Yesa, o a la posibilidad de que una inestabilidad en las laderas generase una ola en el embalse, no se mojan (y evitan escrupulosamente hacer referencia a las consecuencias de que los deslizamientos podrían tener sobre la estructura de la presa, pegadita a la zona de la ladera que se mueve). Las aseveraciones más contundentes vienen de opiniones de carácter general (fundamentadas, sí, en la experiencia laboral de los ponentes, pero no en datos concretos), y son, en esencia, un arrebato de indignación contra las “visiones catastrofistas” de quienes alertan del riesgo que se corre llevando adelante el recrecimiento.

Pero, como decía, esas grietas no son el problema clave para lo que está ocurriendo con este proyecto. No han generado, en esencia, el retraso en los plazos dados para su ejecución. El problema es la tramitación chapucera, por decirlo de un modo suave, del propio proyecto, que se quiso llevar adelante a toda costa desde 1994, saltándose a la torera muchas prescripciones legales.

Para empezar: cuando salió a información pública, en abril de ese año, se ocultó la existencia de un informe del propio Ministerio que señalaba los graves problemas de seguridad estructural, y los riesgos sísmicos y geológicos, del proyecto.

Seguimos: otros organismos del propio Ministerio desautorizaron tanto el proyecto en sí, por sobredimensionado y carente de justificación en cuanto a sus usos, como el Estudio de Impacto Ambiental sobre el que se debían evaluar las afecciones que causaba, porque estimaban que tenía carencias graves y estaba hecho a la remanguillé (en la tercera acepción del DRAE).

Continuamos: la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) que se derivó de ese estudio mal hecho no declara nada, ni negativo ni positivo; sólo dice que, de las alternativas presentadas, el embalse a cota 506 es el que menos daños causa, pero que como es insuficiente para cubrir los objetivos previstos lo viable es hacer el de cota 521 (esto es, el “Yesa grande”, ya desechado). Si esto es válido como DIA, que venga dios y lo vea.

Seguimos porque no se describen las medidas correctoras de ese impacto ambiental ni mucho menos se presupuestan, cuando ambas cosas las exige la ley.

Y finalizamos, por no cansar, con todos los chanchullos que se hicieron con la adjudicación de las obras y su puesta en marcha, que no detallo por el mismo motivo.

Todo esto no lo dicen los afectados ni los opositores al proyecto, aunque se pueden consultar los detalles en su página web. Todos estos extremos los planteó la Fiscalía del Estado. Para que luego nos vengan con monsergas de que si es la “judicialización perversa” de estos proyectos la culpable en los retrasos de las obras…

Aunque es bastante simplista verlo de este modo, puede ser, como dice El Periódico (no veo modo de enlazar: corte inferior de la pag. 6, edición del 29 julio) que Cristina Narbona no sea “fan” de los embalses, precisamente; yo no la conozco, y he dicho en más de una ocasión que su actuación en todo este asunto me ha defraudado. Pero hace falta poca imaginación para ver a doña Cristina un tanto incómoda entre su compromiso de aceptar las resoluciones que se le dieran desde Aragón (fueran éstas fruto de un verdadero consenso o no, que fue que no, porque volvimos al inveterado juego de mayorías frente a minorías, y para ese viaje no hacían falta alforjas) y la simple necesidad de hacer las cosas conforme a la ley.

En última instancia, podemos incluso olvidarnos de todo lo dicho hasta ahora y plantearnos: ¿puede alguien, en un puesto de responsabilidad, dar por buena la opción de cambiar un recrecimiento mayor por otro menor sin cambiar el correspondiente proyecto de obra? Los cimientos no son los mismos para una presa que para otra, ni su volumen, ni por supuesto los presupuestos, ni se dan condiciones iguales de desarrollo de los trabajos en muchísimos aspectos: no es el menor, por ejemplo, el hecho de que la presa grande obliga a inundar Sigüés (con lo que supone de expropiaciones etc., mirando sólo el lado económico del tema, o de trasladar determinados edificios de valor histórico para que no perezcan bajo las aguas), mientras que la “pequeña” supone hacerle un dique de contención delante, para que no les llegue el agua a los tobillos (que, dicho sea de paso, hace falta tener hígados para aceptar la opción de vivir per saecula saeculorum con una muralla de hormigón en las narices; y no sólo por la sensación de estar recluido en una jaula, sino por la certeza de que tienes detrás una bomba de relojería, que no es por nada, pero… en fin…).

Ni la prensa, que se queda en lo inmediato y azuza una polémica huera, ni las famosas Jornadas de Estabilidad etc. de la CHE, que sólo buscaban un artificioso respaldo de técnicos que les cubriera las espaldas (desoyendo la única voz discordante, aunque invitada, en el evento, que fue la de Antonio Casas; que, por cierto, no es un técnico más, sino el director del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza, cargo que sistemáticamente se omite y Departamento que, en otros asuntos, tiene una altísima credibilidad para nuestros medios: y, si no, véase la que le ofrecen cuando se trata de denunciar las dolinas existentes en el trazado del AVE); pues eso, que ni los unos ni los otros van al fondo del asunto, insisto. Y su obligación es informar, no hacer juegos florales.

La prensa, a veces, oculta lo que le interesa o lo que no se preocupa de conocer (y las dos cosas son igual de graves). Lo mismo que hacen las administraciones públicas (y esto es mucho más grave). Dice hoy, sobre esto último, mi querido Guillermo Fatás, en la pág. 30 del Heraldo (en la versión digital no incluyen los artículos de fondo o de opinión):

“Hacemos sinceros votos […] para que los técnicos, propios o contratados a buen precio, hayan formulado diagnósticos ponderados y dispuesto cálculos precisos. Nadie con dos dedos de frente quiere que, en asunto así, se equivoque la autoridad.

‘Sin embargo, lo que ya no podrá lograrse es una conducta oficial acorde con el principio elemental del respeto político, porque eso requiere informar a quien tiene derecho a saber: a los ciudadanos y a la oposición. Es un deber de quien gobierna y, además, el modo de crear interés por la polis, que es una obligación mayor del gobernante. Cuando hay que obtener la información con sacacorchos, por circuitos alambicados y desvaneciendo trabajosamente penumbras, llega a preocupar más la mentalidad que ello revela que el hecho en sí que se quiere averiguar. ¿Por qué no es posible conocer los dictámenes sobre una obra de envergadura civil y económica, discutida por muchos, que implica afecciones al patrimonio monumental y natural? ¿Quiénes son sus custodios para negar la información a los votantes y contribuyentes?

‘Si de algo está sobrada la política española es de desconfianza hacia los partidos y sus dirigentes. Y si con algo se consigue alimentarla es con disimulos y silencios.”

Él lo dice en referencia al Puente de Piedra, pero es perfectamente aplicable a lo ocurrido en Yesa (por poner un ejemplo, la CHE tardó más de seis meses en informar sobre los deslizamientos de la ladera izquierda de Yesa el verano pasado, y lo hizo porque lo destapó El Mundo; ¿qué confianza esperan que les  tengamos luego?).

El periódico que mi antiguo y admirado profesor dirige afirma, en su editorial, que el anuncio del Ministerio de que es necesario un nuevo proyecto y un nuevo informe de impacto ambiental para recrecer Yesa “abona la hipótesis de que Narbona no tiene verdadero interés” en ese recrecimiento. Con la misma independencia de que hace gala nuestro periódico decano expongo yo mi convencimiento de que lo único que ocurre es que, si se quiere cumplir la ley, y se diga ante un micrófono lo que se diga, no queda otro remedio que elaborar un nuevo proyecto e iniciar un nuevo estudio de impacto ambiental. En definitiva, poner un poco de cordura en todo este follón. Y hacer las cosas bien.

Deberíamos alegrarnos todos. Los regantes, a poco que lo piensen un momento, los primeros.

 

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4 comentarios

José Luis -

Aquí un fiel lector que lo ha leído íntegramente.

Yo, a estas alturas de mi vida, prefiero pensar en marcianos antes que albergar la mínima sospecha de que esas personas tienen eso que llamas cordura.

Sobre los estudios de impacto ambiental...casi mejor no hablar. Suelen ser dignos de las mejores páginas de humor.

Hasta otra, maños.

inde -

Pos no se me había ocurrido, Javier... Ilústrame sobre el tema, anda, que la única conexión que conozco es la que se lee hoy en el artículo de Gistaín.
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Javier -

¿Y la conexión Yesa-Alcalá?

laMima -

Me alegra el paso que se ha dado porque, como apuntas, es lo imprescindible.
No se si este punto positivo podrá hacer olvidar la chapucería y el oscurantismo con que se ha envuelto todo este asunto, permíteme que lo dude, pero es un paso. Un importante paso.
Me alegro pues de que a alguien le haya temblado el pulso y espero que quienes deben informar y estudiar el caso presten la diligencia que el tema merece. Por una vez.
Espero honestidad, profesionalidad...y, como decías en Jánovas, "nunca más se gobierne contra los gobernados...ni contra la naturaleza".
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