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¡Vuela!

¡Vuela!

No me extraña que, en todo el orbe mediterráneo, las romerías de los pueblos se hagan por estas fechas. Ahora nos ataca el frío, pero hasta hace unos días el sol, la luz, el reverdecer tironeaban de nosotros para sacarnos de casa, al aire libre, a pisar tierra.

Hace más de veinte años que vivo en Zaragoza y en cuanto vienen los primeros días de buen tiempo cruzo los parques o las plazas fuera de las veredas, justo por donde hay césped o piedras; y si no hay, meto la bota en los alcorques. Los pies me piden descansar de asfalto y adoquín y volver a notar el suelo de verdad.

Hace dos semanas estuvimos en un convite de un amigo, Fernando, que consistía en una especie de "cerdada-self service" de lo más peculiar: en una nave agrícola, con amplia zona descubierta, había decenas de ristras de chorizo y longaniza, kilos de lomo, morcillas, salchichas y panceta, grandes cajones de pan y un espacio amplio de brasas cubiertas con una rejilla a modo de parrilla donde ibas colocando y recogiendo, una vez asado, lo que te querías comer. Mucha gente amiga, sol, un montón de críos jugando a la pelota o a lo que fuere, conversaciones, risas, vino. Tampoco tenía glamour; pero, cuando nos fuimos, Quinito, sofocado y contento, le dijo a su padre: "Papá, me encanta este sitio".

El domingo pasado fuimos a comer a una caseta en las faldas del Santuario, en Tabernillas: esta vez era una reunión familiar, pero también hubo mucha gente, muchos niños, muchos juegos, risas, armonía, sol y horas plácidas. Quinito volvió a disfrutar como suele (echaban ramas al fuego y lo avivaban; ¡hacían crecer el fuego! ¡el fuego, con lo prohibido que tienen ni siquiera acercarse a lo que quema!) y Julia, como se ve en la foto, volaba...

La semana que viene otro amigo, Rafa, nos invita a comer de nuevo a otra caseta en el monte, esta vez a Valdecarro. Una excelente perspectiva para que mis hijos pasen otro día inolvidable, de tan sencillo. Y no sólo mis hijos, desde luego. Mis raíces aún no se han roto. Echaremos de nuevo, con Julia, los pies por alto. Y cuando los bajemos, pisaremos tierra. En primavera.

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4 comentarios

inde -

Luisa, ya sabes lo que dice el proverbio (no me acuerdo si era chino, hindú, árabe o de dónde): "Si quieres ser feliz un día, emborráchate; si quieres ser feliz unos días, haz un viaje; si quieres ser feliz un año, cásate; y si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero".

Luisa -

¡Menuda foto! Una delicia esa jornada que describes, ciertamente. Yo, muy modestamente, pasé buena parte del precioso fin de semana anterior entre plantas y tiestos y bajo el sol. Me revive algo tan simple y tan hermoso como trabajar con las plantas.
Un beso.
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inde -

Recuerdo muy bien esos sitios; sobre todo, la foz de Lumbier, que me impresionó tanto. Están ahí: podemos ir cuando quieras. Nos lo volveremos a pasar fenomenal.

lamima -

Ah, que recuerdos mas bonitos les estás dando a tus hijos con estas cosas...y me traes a mí.
Cuando era pequeña, tu lo sabes,nosotros ibamos muchísimo a pasar el día "al campo": el puente de Artieda, el pantano de Yesa, el acueducto, la foz de Lumbier...lugares hermosos donde comer unas costillas (entonces se podía hacer fuego al aire libre, con sentido) un rancho (calderete para los navarros)sardinas...y chorizo por supuesto.
Campo, vida.Yo si lo he perdido en cierto modo. Me salvará la montaña..
Besicos.
PD ¡Pero que foto mas maja!
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