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Los olores, de nuevo

Al buscar el textete breve de antes, el del otro post, he encontrado esto otro, también escrito hace mucho tiempo:

"Mi madre no tiene olfato. Nunca ha olido una comida, ni cuando se quema ni al llevársela a la boca (¿cuál será su sensación del gusto?). Dicen que las mujeres tenemos ese sentido más desarrollado, o quizá no dicen eso, sino que le prestamos más atención al olor de las cosas. Pero yo creo que los hombres sí son muy conscientes de los olores, se dan cuenta de ellos, los nombran, los paladean. Llevas colonia, te has echado potingues, tú no sueles usar perfume, huele a tierra, me encanta el olor de la lluvia...

A mí los olores me envuelven, se me apoderan, podría coleccionarlos. Recuerdo bien los de las colonias que usábamos cuando éramos crías, el de los chicos con los que salí, el de la escuela, el del instituto y el de la Facultad, el de la redacción de la Enciclopedia, el del piso de Barcelona, el de mi habitación en Florencia...

De la infancia tengo muchos. Es intenso, clarísimo, el de la piscina de mi pueblo y me trae a la memoria mis bañadores de niña, el ruido de las puertas de los vestuarios, los banquitos que servían para apoyar la ropa, los espejos y peines a juego en carteritas de plástico, el griterío de chicos, el gusto a cloro del agua tragada... Tenían su olor propio las noches de verano en la ventana, fumándome un cigarro a escondidas, oyendo a la gente charlar en la fresca y a los gatos esfarrucharse en el tejado (las luces de Gallur al fondo, como una hilera de luminarias en una procesión).

Los pies de Nuestro Señor, el del Sepulcro, han olido siempre a Maja de Myrurgia. A saber a quién se le ocurrió perfumarlos con colonia de señora antigua. Y también es de allí, y no de la iglesia, el olor de la cera y de los pabilos de las velas.

El tomillo y la manzanilla huelen a mi padre, que los trae a casa. Manzanilla de niñez enferma, dulce, muerra, para combatir el dolor de tripas, hervida en la chapa de la cocinilla, en un tarrico de porcelana, que mi abuela retiraba con un paño. Seguro que de la chimenea salía entonces el olor del invierno, el de la leña quemada los primeros días de frío, que recuerda a lapiceros mordidos, carteras cargadas de libros los viernes, reyes y belenes vivientes..."

Dioses, qué mundo perdido. Tan perdido como el olfato.

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1 comentario

Lamima -

Mmm, veo que ya tenías tu biblioteca de olores, escondidica.
Sigue llenándola.
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