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Cada vez que, por la noche, oigo que mi vecino de arriba cierra la tapa del váter y tira de la cadena, soy consciente de que tengo pierna derecha.

Mi amigo Paco se acordaba, cada vez que abría el grifo de la ducha, de Ignacito Murillo, un tío de ojos claros un año mayor que nosotros que vivía en Barrio Nuevo, al que se le cayó la casa --sin que hubiera nadie dentro-- y se le quedaron durante años los baldes colgados en una pared allá arriba, al aire, como a la altura del segundo piso.

Mi amigo Rafa, cada vez que leía "Fotocopias" en algún cartel, pensaba en el chorizo.

¿Es un ramalazo surrealista que tenemos los de mi pueblo o estas cosas le pasan a alguien más?

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14 comentarios

inde -

Leire: bueno, para gustos están los colores. De todos modos, te diré que es verdad que la literatura no se enriquece con lazos rosas, pero gana mucho (lo mismo que todo lo que se escribe, aunque sea un comentario a un post) si se observan las reglas de puntuación y ortografía, y se ponen acentos, y mayúsculas, y comas y puntos donde es menester.

leire -

sinceramente no me ha gustado nada el cuento lo veo recargado y muy cursi. La literatura no se embellece ni se enriquece cuantos mas lazos rosas se le pongan si no por el sentimiento que transmite y provoca , si no que se lo digan a machado

Magda -

Sí, Inde, lo haré, no había pensado en ello y es excelente idea. Lo razono y no me lo explico, y eso es lo que me sorprende, no explicárnelo y que tenga actualización, es terrible.

Muchas gracias por esta estupenda idea.

inde -

Buf, Magda, qué escalofrío debes de sentir... No sé si es una burrada, pero yo qué sé, empapela las calles y forra tus libros con esa palabra, anótala en todas partes y a todas horas, hasta que pierda su poder maléfico. A la brava.

Magda -

Nunca he sabido ni a qué se debe ni por qué: Existe una palabra que la primera vez que la ví fue escrita en la marquesina de un cine, era el nombre de una película. De esto hace años. No era una palabra cotidiana, pero tampoco tenía nada de extraña. La cosa es que llegando a casa supe que mi abuela había fallecido. Desde esa ocasión, cada vez que alguien querido o conocido va a morir, esa palabra aparece ya sea en el periódico, en la calle o alguien la dice así, sin esperarla. Y al leerla o escucharla ya se lo que puede suceder. Me da miedo, y trato de que este "hechizo" desaparezca, pero sin logarlo.

Saludos para ti.

inde -

Mil gracias, Víctor.
Y mil gracias, Adolfo, por no haber borrado nunca este cuento...

LAMIMA -

Un cuento realmente bonito.Gracias por traerlo aquí.
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víctor -

Me gusta tanto ese cuento de Ayuso que lo pongo aquí


LA GOMA
DE BORRAR

Tenía fama de ser un hombre huraño y poco dado a hablar de cuestiones sin trascendencia. Por eso me sorprendió que aceptase mi invitación para pasar una semana en mi casa de Anzánigo. Era mediado el mes de julio y aquellos días los aprovechamos para leer, cocinar y tomar el sol en un agreste barranco que de tramo en tramo se abría en unas pequeñas pozas de agua serena y limpia. El resto de la jornada lo dedicábamos a escribir, cada uno encerrado en su cuarto o en un tablero sujeto con caballetes que colocábamos en el pinar que rodeaba a la casa.

La última noche que pasamos juntos y después de cenar, en la hora del café que resume el día, me leyó un breve poema, no más de ocho o diez versos, de un pulso y una intensidad inauditas. Le pedí que me lo dejara leer y, no sin dudar, me lo tendió. Estaba escrito a lápiz, con una letra pequeña y estirada. Paladeé aquellas líneas, primero en silencio y luego moviendo los labios para hacer aquellas hermosas palabras más patentes. Es muy bello, le dije. Percibí la sombra de la desazón en sus ojos. Quizá no había acertado con la palabra adecuada a la hora de juzgar aquellos versos. No estoy seguro, hay algo que no acaba de cuadrar, me respondió. Lo leyó para sí, se mordió el labio inferior hasta casi herirse. Movió la cabeza a un lado y otro, tachó palabras, escribió alguna nueva y, por fin, quizá advirtiendo cierta suciedad, tomó una goma de borrar blanca que estaba junto a la taza de café. Borró un verso o dos, luego, ante mi callada desesperación, borró todo el poema y sin despedirse fue al baño, se lavó los dientes y se echó a dormir.

Al día siguiente el desayuno se resumió en mantequilla y silencio, solo palabras de cortesía. Por la tarde, decidió irse, debía resolver algún asunto en Zaragoza. Nos despedimos y un momento antes de arrancar me dio las gracias por haberle abierto mi casa. Me tendió la mano y partió por la pista de tierra que conduce a la carretera general.

Fue por la tarde, después de comer solo y empezar a leer una excelente biografía de Charlie Parker, cuando me di cuenta de que la goma de borrar seguía sobre la mesa de mármol. En uno de sus extremos tenía una mancha negra, un plastrón de grafito.

Aquel hombre murió seis o siete años después y las revistas le concedieron sus páginas de homenaje. Una editorial de Valencia publicó su obra completa dos años más tarde. La leí con fruición, admirando la arquitectura verbal que supo construir para explicar el mundo. Pero no encontré aquel poema. Pensé que lo podía haber arrastrado en el interior de su cabeza y que podía haberlo recuperado. Ni en la revista de la última provincia, ni en los papeles que dejó a su mujer, sólo le dejó papeles, recalcó el editor de la recopilación, estaba aquel poema que yo intentaba reconstruir en la memoria. De alguna forma no eran sus obras completas. Les faltaba aquella goma de borrar que he conservado a lo largo de mi vida, de traslado en traslado. Y que aún, en determinadas tardes, observo y peso en mi mano. Ojalá pudiera leer su contenido. Esa mancha negra de uno de sus extremos guarda uno de los mejores poemas que nunca se haya escrito. O quizá fuera el coñac o su presencia los que lo convirtieron en algo tan bello; no, debiera haber dicho, algo tan estremecedor. Bebo un sorbo de coñac y siento en el inicio de la garganta, donde el buen sumiller paladea el último aroma, el desasosiego del homicida. La estupidez que nos cercó aquella noche, en aquel lugar tan apartado.

ADOLFO AYUSO.

io -

Efectivamente... lo leyó en la romería pagana de Belchite.
Y donguorri, sólo los marcianos entramos en los blog, por la mañana.

ide -

Ah, y qué bueno lo de Inocencia, Ceferino, Demetrio y las borrajas: qué historia más bonita.

inde -

El post lo escribí anoche ya muy tarde. Reconozco que es una marcianada, pero es que es así.
Ay, Ayuso, qué cuento más genial. Recuerdo que lo leyó en uno de esos encuentros invernales de Belchite que a mí me gustaban tanto...

io -

Siento discrepar, pero el fenómeno no es exclusivo de los Taustanos. Naiiiiiiii.
Mi tía Inocencia, que a la edad de 103 años recibió la medalla de la cai a la aragonesa más ahorrativa (presumía de no pagar comisiones), se pegó su larga vida recordando, cada vez que limpiaba borrajas, a su novio Demetrio, que murió en un accidente de bicicleta.
Su marido, mi tío Ceferino, quien nunca superó lo de ser segundo plato, se cagaba en el cielo hasta que caían santos como bellotas, cada vez que su Inocencia exponía de forma ordenada la peculiar cadena asociativa que la llevaba de las borrajas al Demetrio.
Io, sin ir más lejos, cada vez que utilizo la tecla de borrar, me acuerdo de un cuento maravilloso de Adolfo Ayuso, donde un poeta alegaba que a sus obras completas había de añadirse la goma (de borrar) que contenía los versos que habían sido condenados al olvido.
Sí, lo confieso, veo al Ayuso cada vez que borro una línea.
Estos son sólo dos ejemplos del pensamiento asociativo que un tal Sigmundo Froi (creo que no era taustano) ya expuso con maestría.

Javier -

Suelo relacionar acontecimientos del presente con cosas del pasado pero siemrpre, me parece a mi, tienen algún nexo en común.
Nada de váteres y piernas, o duchas y derribos y, la más alucinante ¡¡¡fotocopias con chorizos!!!
Creo, querida inde, que esto es exclusivo de los de tu pueblo :-)

LAMIMA -

Estos Taustanicos.....
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