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Cementerios pequeños

Cementerios pequeños

La foto nos la hizo mi hijo Quinito este invierno

 

Cuando me muera, quiero que me incineren y que luego lleven la urna al cementerio de mi pueblo; que pongan ante el nicho una lápida con su foto, su jardinera para las flores y su frase de despedida, de las clásicas, tipo “Tu familia no te olvida”.

De algún modo me reconforta la idea de que, cuando la gente de mi pueblo suba al cementerio, al ver mi lápida se acuerde, efectivamente, de mí, y no sólo lo haga mi familia. “Mira, la hija de la Catalina la Cruzas y Babil el Esquilador... La que se casó con Rayado. Era maja, esta chica, y más lista...”. Y cosas por el estilo, de las que oigo yo, o comento a mi vez, cuando subo por allí.

Desde el verano pasado, cuando murió mi madre, subo mucho. Quizá yo, por mí, no iría tan a menudo; pero mi padre sí quiere subir y le acompaño. Generalmente voy con mis hijos, que se entretienen jugando por allí el ratico que estamos.

Cuando yo era chica también subía con frecuencia, con mi madre o con mi tía. Entonces sólo había nichos en el muro que delimita el camposanto, y aún no lo cubrían por completo. Como es natural, yo apenas conocía entonces a nadie de los enterrados. Sólo a mis abuelos y a un par de niñas de mi edad, que murieron la una por una leucemia y la otra porque se envenenó con unas setas.

Hoy, todo ese perímetro está completo y hay ya cuatro “manzanas” que avanzan hacia el interior del recinto. Y a la mayoría de quienes están allí enterrados sí que los conozco o, bueno, los conocí. Se nota en eso que soy ya bastante mayor. A veces, como hace muchos años que vivo fuera y cuando me explican quién es la gente que se ha muerto no caigo, sólo me entero cuando veo la foto en la lápida: “¡Anda! ¿Que se ha muerto fulano?”...

Sigue siendo un cementerio pequeño, que la gente se recorre íntegro para Todos Santos, como es tradición, para recordar a los que se han ido, y no sólo a los que lo han hecho recientemente, sino a todos, a lo largo de décadas y más décadas, desde que existe el cementerio. Algunos ya han sido olvidados, pero son los menos.

Es un lugar, digámosle... no sé, familiar, que no tiene nada que ver con los mastodónticos cementerios urbanos, donde vas directamente –a ser posible, en coche– a la tumba que te interesa, pones las flores y te vas, sin tener remota idea (ni ganas de tenerla) de quiénes pueden ser los que descansan junto a tu ser querido; donde los ataúdes, según qué altura les toca, tienen que ser elevados, para su sepultura, con un toro hidráulico; donde el tanatorio parece más el hall de un aeropuerto, con sus pantallas de televisor anunciando la ubicación de cada velorio y la “salida” de cada muerto hacia la capilla nº 2, o nº 3; donde las misas funerales, que siempre son espantosas, ahí lo son todavía más porque el cura, que no conoce ni de oídas al finado, no puede dirigirle ni una palabra cariñosa y sentida de despedida...

En la fachada de la “manzana” donde enterraron a mi madre, la más nueva, da el sol de tarde. Joaquín, el sepulturero, cierra a las seis invariablemente, sea invierno o verano, porque los del Ayuntamiento se portaron mal con él hace un tiempo y, resentido, ahora no le da la gana de variar el horario en verano para evitar las horas de más calor y tener que cerrar más tarde. Hace bien. Fueron injustos con él, encima de que se pasa allí la vida, sábados y domingos incluidos, y de que ha de acudir a encargarse de los entierros hasta cuando está de vacaciones, porque si no aquello sería un desastre. Como le dijo al cirujano que le operó hace poco del corazón: “Usted hágalo lo mejor que sepa; pero vaya, si le sale mal, de aquí al cementerio; y si le sale bien... pues al cementerio también”.

El caso es que nos asamos de calor en estas fechas y estamos poco rato. El suficiente para recordar a mi madre, todavía no tanto en sus buenos tiempos, sino sobre todo en los malos, los últimos años, que aún nos pesan demasiado, cuando el alzheimer, que nos la quitó en algún momento del que no fuimos conscientes, nos dejó en su lugar una sombra de aquella mujer dulce, tremendamente cariñosa, que ya no sabía quién era ni dónde estaba, y que pasaba, por todo y para todo, hasta lo más nimio, un miedo atroz; el del que, por ejemplo, levanta un pie para andar y no sabe dónde lo apoyará después, porque no reconoce como tal el suelo que pisa.

Por eso apenas la lloro, no sé llorarla aún. Quizá porque la lloré, cuando aún vivía, como a alguien que has perdido irremediablemente ya.

A mi hijo mayor casi no llegó a conocerlo y a disfrutarlo. A la pequeña, pese a que coincidieron en este mundo unos pocos meses, ya no la conoció, aunque le sonreía. Cuando ahora veo a los niños jugar brevemente en el cementerio, como en un lugar cotidiano y como lo más normal del mundo, siento por un lado la extrañeza más absoluta de ver la pura imagen de la vida en el lugar de los muertos; por otro, parece como si me reconciliara con el mundo, porque precisamente esa imagen, y en un lugar donde todos, vivos y muertos, se conocen, es la constatación de que la vida sigue y de que ese ciclo es el nuestro, el de la rueda que nos trae y se nos lleva.

 

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2 comentarios

inde -

Gracias, Mima.
Me dan ganas de escribir muchas cosas más sobre ella, pero si lo hiciera este blog se convertiría en una especie de sicoanálisis cibernético...
Me falta recuperar su memoria. Cuando cada noche duermo a la pequeña Julia en el cuarto donde ella pasó sus últimos meses de vida, la recuerdo doliente y perdida como estaba, y lo que necesito es recuperarla a ella, su alegría y su ternura, lo que ella fue en realidad. Pero aún me pesan mucho los últimos tiempos.

Supongo que será cuestión de tiempo, ese que dicen que todo lo cura y que, digo yo, también servirá para poner prioridades en la memoria.
Cuánto te quiero, guapa.
Mil abrazos.
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LAMIMA -

Escribí esto a la vuelta de acompañarte a dejarla allí.Es una chorrada, y no sabía si enseñártela, pero despues de leerlo ahí va.Es tuya.
“Adiós máma”

Sí, ya sé que sobran acentos pero solo así se pronuncia esa frase. Solo así se puede repetir lo que ella dijo delante del nicho, con el cierzo aullando alrededor y en presencia de unos pocos amigos. ¡Como se iba a ir y dejarla allí sin despedirse..!.
No puedo imaginar todo lo que pasaba por su cabeza pero, en lo que la conozco, me hago una idea. Despedirse de quien en realidad se fue hace tiempo tiene que ser muy difícil; supongo que hay demasiadas puertas que cerrar, igual hasta alguna más de lo habitual.

“Ah.. adiós máma” dijo, y yo creía estar dentro de una fotografía o es que el viento cesó unos segundos para que yo la escuchara y viviera ese momento tan hermoso y tan triste.
No sé a donde se va uno cuando muere pero, donde esté la Cati espero que haya oído como yo lo que su hija quiso decirle.


24 de agosto de 2005
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