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La inventora de vidas

La inventora de vidas

Mi tía Manuela se inventaba las vidas de los que pasaban por la calle, tanto si los conocía como si no. Lo hacía a menudo sentada junto al ventano de casa, que era su sitio preferido, pero también las raras veces en que salía de viaje, aunque entonces se explayaba mucho más, porque las ocasiones nuevas le daban más pie. Pero lo mismo le daba un taxista que un tío que veía pescando con aspecto aburrido, la vecina que pasaba apresurada cerca de la hora de comer, un jipi vendiendo pulseras o un guardia urbano dándole al pito, el abuelo de la residencia que se metía en el bar, una chica en bici con la piel muy tostada por el sol o alguien con un sombrero llamativo y cara de feliz: fuera lo que fuese que le llamara la atención, que no tenía por qué ser algo especial ni singular, cogía el hilo de la situación dada y se montaba una película. “Pero y qué hará ese hombre a estas horas solo en la playa; tendrá a la mujer aborrecida en casa, viendo la tele, que ya los hijos se le habrán casado y todo, y mira tú qué quehacer estarse ahí, en lugar de quedarse con ella haciéndole compañía, jubiladicos que estarán los dos y bla, bla, bla…”.

 

Generalmente era para echarles un chorreo, porque en cada situación veía un problema: sin problema no hay historia, y por otra parte eso le iba mucho más a su natural, de suyo era renegona.

 

Todavía llegó a ver los primeros “reality shows” que echaron por la tele, pero no le iban mucho porque eran una sosada. Prefería, de siempre, las “novelas” (que es como se llamaban antes las telenovelas, luego culebrones). Cuando la noche televisiva se pobló de realitys y de tertulias gritonas y groseras, la Manuela se pasó a la radio y se convirtió en una fan ferviente de José Ramón de la Morena. Los cotilleos futboleros tenían mucha más miga. Así que volvió a meterse a la cama cada noche con la radio y un caramelo, como había sido su costumbre muchos años atrás, cuando yo dormía con ella y cogía el sueño arrullada por el “chuik-chuic” del caramelo y las historias tremendas y casposas del “Usted también es formidable”.

 

Toda esa tradición manuelística por fuerza me tenía que influir, así que, aunque no de una manera tan arraigada como la suya, también a mí, de tarde en tarde, un personaje que me cruzo por la calle me da pie para imaginar su vida. No tanto para construir una historia sino para ponerle un contexto y hacerlo, en cierto modo, un conocido.

 

Ayer fueron dos. Por la tarde, un soldadico bajito y moreno, con acento andaluz, que iba hablando por el móvil: “Te he comprado un regalo. Bueno, no es un regalo, es una cosa sin más… Una pelota de goma. Una pelota azul, con una luna blanca. Muy bonita, ya verás. Es pequeña. Es que si compro cosas grandes luego no me caben en el petate…”. Y los amigos que lo reclamaban: “¡Hala, joder, déjate de novias ya, hostia!”.

 

¿Cuánto tardará ese pequeño andaluz enamorado en volver a ver a su novia? ¿Estará ella igual de colada por él? ¿Lo putearán en el cuartel (¿o será en la Academia?), por buenazo?…

 

Por la noche, que salí a comprar tabaco, un señor canoso que me para en la esquina del Mercado Central y me pregunta, con un español muy justito: “Pour favour, importante, ¿este houtel?”. Y me enseña un tarjetón con un plano del casco viejo de Zaragoza, y una señal cerca de la plaza de España. Le doy la vuelta al tarjetón, a ver cómo se llamaba el hotel, y veo que es una invitación impresa para una cena. No leo el texto, pero me salta a la vista la palabra “rosacruces”. Le indico por dónde tiene que ir, en un inglés casi tan justito como su español. Me intenta repetir las indicaciones sobre el plano y veo que las reproduce pero en dirección opuesta, hacia el río. Le corrijo.

 

¿Qué hará ese venerable extranjero rosacruciano que coge los planos al revés, perdido por Zaragoza? ¿Es que no tiene una familia que le diga que esas paparruchadas no son más que paparruchadas y que se deje de rosacruces ya, hostia? ¿Sólo tiene amigos raros?...

 

Ay, Manuela…

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