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Algarabía de chicos

Algarabía de chicos

 

Hemos pasado el fin de semana en Bielsa. Sitio turístico pero al que no han echado aún el guante las grandes promotoras que construyen esas salvajes urbanizaciones que se ven en otros valles del Pirineo, quizá porque allí no hay cerca estaciones de esquí.

Hemos estado en una casa junto a la iglesia, en un lugar confortable, donde me sentía como si hubiera sido la casa de mi abuela que la hubieran reformado, poniéndole ventanas y suelos nuevos, muebles discretos y electrodomésticos.

La primera noche, al poco de llegar, se concentraron en la plaza de la iglesia los chavales de un grupo de colonias --supuse-- que estarían de excursión (tiene una palabra propia en el argot de los campamentos, pero no la recuerdo). Estuvieron organizando un follón horroroso hasta eso de las doce. ¡Cómo gritan los críos, por dios, si parece que están locos! Me recordaba el sonido inconfundible de los patios de recreo.

En mi pueblo se dice: "Carne que crece, no para". Se debería añadir que tampoco para de dar voces y de armar bulla. Porque eso sólo dejas de hacerlo cuando te vuelves mayor. El que un niño, de por sí, se esté quieto y callado es mala señal. Lo contrario es un latazo, pero es así como está bien.

Pensé que en las ciudades, e incluso en los pueblos grandes, los críos no organizan semejantes algarabías por la noche hasta tan tarde. Recordé que cuando yo era chica sí lo hacíamos: las noches del verano eran geniales. "Mama, me bajo a la fresca". "No vengas tarde". Bajabas las escaleras de dos en dos, dabas un portazo (a una puerta que tenía manillera por fuera y no se cerraba con llave hasta que nos íbamos todos a dormir) y te juntabas con la cuadrilla a correr por las calles, a jugar a escondernos, a encorrernos, a escaparte de los chicos... Y chillábamos mucho, ya lo creo que sí.

Ya de más mayor, cuando todavía pasaba los veranos en mi casa, los niños seguían corriendo y gritando por las calles hasta tal hora. Recuerdo ese sonido de cuando me quedaba leyendo por la noche, con la ventana de mi cuarto abierta.

Hoy ya no se les oye. Hay más tráfico, más obsesión por la protección y las puertas están siempre cerradas. Los porteros automáticos han sustituido a la costumbre de dar voces en el patio, o por las escaleras, para avisar a los de la casa de que habías entrado. Y a la fresca sólo sale, en las esquinas más tranquilas, la gente mayor.

En mi calle de Zaragoza, en el barrio del Gancho, sí que se sigue oyendo ese griterío para el verano. Sólo que las voces hablan lenguas extranjeras o tienen deje gitano. Son tan felices como lo era yo de niña en mi pueblo, o como lo fueron, la otra noche, esos niños de las colonias, niños urbanos que sólo respiran en las contadas ocasiones en las que pueden pisar las calles libres de un pueblo pequeño y aún sin urbanizaciones gigantescas que imponen horarios y costumbres de capital.

 

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