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Todos los libros dedicados a la literatura infantil dicen lo mismo: que su creación no es cosa de decir dos tontadas y acompañarlas con alegres ilustraciones de muchos colorines, sino que lleva aparejada un montón de habilidades, entre las que desde luego no es la menor la categoría literaria. Ha de tener en cuenta el universo infantil --se requiere una estrecha familiaridad con él--, los niveles de comprensión y de lenguaje de los niños, sus motivaciones, su psicología según la horquilla de edad a la que vaya dirigida la obra, el mensaje ético y de valores que se quiere transmitir... En definitiva, un montón de requisitos que condicionan la propia creatividad del autor. Amén de que, además, las ilustraciones, el formato, el diseño y la tipografía deben resultar lo más atractivos posible para que al destinatario, o sea, al niño, le guste el resultado. Yo estoy de acuerdo con todo eso. El mundo de la infancia merece nuestros mayores esfuerzos, lo mejor que sepamos dar de nosotros mismos. De hecho, por circunstancias que no vienen al caso me decidí hace diez o doce años (cuando no tenía hijos: mi chico mayor tiene cinco) a dar una batida por librerías y editoriales para averiguar qué era lo que se editaba para niños, desde infantil-infantil hasta la adolescencia, y me quedé turulata del nivelazo, la variedad y el despliegue de medios que usaba la industria editorial para con ellos. "Qué pasada", me decía yo a cada rato; "si esto lo hubieran publicado cuando yo era chica...". Bueno, no sé qué habría pasado si eso lo hubieran publicado cuando yo era chica, porque recuerdo la cantidad de veces que, pese a lo limitado de las publicaciones de entonces, y de mis posibilidades para conseguirlas (básicamente, lo que me regalaban mis tíos o lo que había en la biblioteca de mi pueblo), en mi casa me dijeron aquello de: "¡No leas tanto, que se te van a volver los sesos agua!". ¡Y cuántas veces me quitó mi madre el libro de la mesa a la hora de la comida, que yo apoyaba entre la botella de gaseosa, el vaso y el plato! Bien, a lo que iba: a que hace ya años que la variedad de publicaciones para niños es impresionante. Y entre toda esa variedad, hay mucha calidad, desde luego; pero también cada ñoñada que te hace pensar: 1) en cómo se le ha ocurrido semejante gilipollez a alguien; 2) en cómo (porque lo anterior, a fin de cuentas, puede darse a menudo) alguien ha decidido que aquello es publicable; 3) en cómo se hace para distribuir eso sin que el distribuidor te eche una de esas miradas en las que ves claramente que el libro se va a quedar en las cajas sine die; 4) en cómo el librero lo coloca en un lugar medio accesible, lo suficiente como para que alguien lo vea y lo coja; 5) y en cómo alguien agarra y lo compra. El colmo de los colmos es ver la página de créditos y comprobar que el susodicho libro está editado, por un poner, en el Reino Unido, y que una gran editorial de aquí se ha tomado la molestia de elegirlo en una feria, traducirlo (bueno, eso costará poco: a un euro por palabra, unos treinta euros), gestionar los derechos correspondientes... Lo que necesita un niño, igual que un adulto, es una buena historia. O, casi casi, diría yo que únicamente una historia. Hay libros para bebés que no la tienen ni la necesitan: son los de hojas de cartón (o de plástico, si son para la bañera), que lo que tienen que tener es dibujos vistosos de cosas reconocibles, o simplemente bonitas, para que tú les digas lo que son, o nada más para que las miren: zapatos, calcetines, barcos, flores, juguetes, animales, coches... En su absoluta simplicidad, cumplen una función maravillosa, cual es la de que los pedugos se acostumbren a tener en las manos una cosa que se llama libro y que es la mar de bonita. Pero eso dura poco. Enseguida los niños quieren historias, quieren que les cuentes algo con principio y fin y meollo dentro, aunque el meollo, obviamente, sea muy sencillo. Aún sin saber leer, quieren que tú pongas el libro ante sus ojos, vayas pasando las hojas y les cuentes algo, no les enumeres una sucesión de cosas sin hilar o sin sustancia. Cuando tuve a mis hijos y me vi en esa tesitura, dejó de alucinarme el maravilloso mundo que creí haber descubierto hace años en los libros infantiles. Hay muchos, de brillantes colorines y con magníficas ilustraciones, que no han pasado de enseñarte el barco, los calcetines, la flor y los animales. No cuentan nada, son absolutamente sosos. O bien cuentan cosas sin pies ni cabeza, simplonas y no simples, que no llevan a ninguna parte y que, incluso, a veces utilizan palabras que los niños no comprenden. Eso sí, son todas políticamente correctas... De modo que, ante las fechas que se avecinan, y ante la posibilidad (muy recomendable) de que se os ocurra regalar libros a vuestros niños, sólo quiero hacer una recomendación que nace de la experiencia: al elegir el libro, no os limitéis a valorar lo bonita que es la tapa o la gracia de las ilustraciones; leedlos, que son cortos, o empezad al menos, para ver si aquello promete. Sólo se necesita una historia. Nada más, y nada menos, que una historia. Os dejo seguidamente unas cuantas portadas de libros que en mi casa han hecho furor, por si os sirve de algo. Y os cuento la anécdota del que encabeza este post, La canción del pirata, uno de los libros que nuestro querido Javier Torres regaló a mis hijos, y que también está en el "top-ten" del ranking de mis críos... aunque hubo que hacer trampa. El libro, con divertidas ilustraciones, reproduce íntegramente el poema de Espronceda de ese título, aquel de "Con cien cañones por banda / viento en popa a toda vela...". Como eso no atrapaba la atención de Quinito, me inventé sobre la marcha la historia del pirata Espronceda, que adoraba cantar, pero cantaba horriblemente mal, y se reían de él la tripulación, los cañones, las balas, las velas del barco, los peces y hasta la luna; pero a él le daba igual, y acababa enamorando al mar, que le mecía cada noche para que se pudiera dormir. No sé si es adecuada y seguro que no es políticamente correcta, pero le encantó, igual que le gusta a Julia; ambos me la piden muy a menudo. Quinito está aprendiendo a leer y el otro día cogió el libro y empezó a silabear: "Con di-ez ca-ño-nes por ban-da, vi-en-to en po-pa..." --¡¡Mamá, que no está la historia del pirata Espronceda!! Cielos, me vi negra para explicarle... [Este post está hecho por sugerencia de mis queridas Nómadas. Ojalá ellas se dedicaran a hacer cuentos para niños: ¡lo que mejoraría el nivel...!] Comentarios » Ir a formulario Fecha: 09/12/2007 03:07. Fecha: 09/12/2007 09:22. Fecha: 09/12/2007 10:00. Fecha: 09/12/2007 10:38. Fecha: 09/12/2007 17:16. Fecha: 10/12/2007 13:25. Fecha: 04/08/2009 20:27. Fecha: 01/10/2009 18:13. |
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